jueves, 25 de febrero de 2010

EL OLIVAR


Recuerdo la expresión de tu rostro, donde se confundían el deseo, el apuro y el miedo. Y lo rápido que te bajaste el temor, y yo el silencio. A contraluz de lo que pensábamos, las hojas iban de un lado a otro, sin que nos diéramos cuenta de lo que estábamos haciendo. Y sentía tu piel como la mía, que rozaba la eternidad de saber que eres magia, entre esa neblina.

Sin pensar que el Gran Hermano vigilaba lo que solo era nuestro, pasamos de copas y de envidias, sintiendo que algo nos llama desde la puerta, de pasadas esquinas. Y el sonido de tu sincera voz que llamaba mi nombre, sin pronunciar todas sus letras, me decían que visitábamos los espacios escabrosos del amor.

Entre ramas de madrugada que de frío se hicieron verano, y la humedad de un invierno que mojaba la grama de tu cabello y mi espalda, fuimos más dioses que Dios, quien de sólo ver su creación, envidia todo lo hermoso que para Él es pecado. Todo lo que desea y no puede hacer, ni siquiera con una caricia. Como los que te he dado sobre ese árbol seco, de besos apurados.

¿De qué sirve tanto amor acumulado si no puede tocar tu mejilla? ¿Tanto amor dentro de uno y no poder brindarlo? ¿A qué es igual el amor que no se puede entregar?: Es igual al dolor. Y su dolor es saber que de mortales somos tan dioses como Él, escondidos entre sombras de infiernos que parecen del mal. Y que de envidia nos ama de tanto odiar, porque nos ama, como yo te amo a ti, a ella, a mí. Porque lo contrario del amar no es el odiar… Es la indiferencia total.
Foto: MRR

lunes, 15 de febrero de 2010