De alguna u otra forma, directa o indirectamente somos racistas... ¡Y no digan que no! A pesar de que no me fijo en el color a la hora de interactuar con las personas, lo he sido varias veces. Pero no ha sido por las santas huevas, sino única y exclusivamente con quien se manifestaba racista conmigo o con alguien cercano a mí, llámese familiar, amigo o anónimo transeúnte.Para que exista el racismo tiene que haber una dualidad de acomplejados. Uno que se cree más y otro que se cree menos. En la negación del otro está la identidad del primero. Y en la sumisión del segundo, la afirmación. Alfredo Vanini, en el último suplemento Domingo de La República pone el ejemplo.
“Tenía un compañero del colegio primario, hijo de huancaínos, extremadamente grande y fuerte en comparación a todo el resto de alumnos. En las peleas, este muchacho podía pulverizar fácilmente a cualquiera que lo retara a los puños, pero lo he visto desmoronarse, casi literalmente, cuando su ocasional adversario pronunciaba ‘serrano de mierda’. Como si la sola frase lanzara sobre él flechas invisibles que lo debilitaban, como si él reconociese en esa frase (sin duda muchas veces escuchada) la condición de una inferioridad a priori”.
¿Alguno de ustedes se siente inferior de ser como es como el niño arriba mencionado?... ¿Sí?... ¿No?... Primeramente partamos o reconozcamos lo que somos o cómo somos físicamente. Yo empiezo: Tengo el cabello trinchudo, de color negro con canas y los ojos marrones claros; los pelos de la barba hasta los 25 años fueron rojizos de allí se volvieron blancos, mi faz es clara u oscura según la estación, pero el resto de piel a la que no le da el Sol es tan blanca que me avergüenza mostrarlas si es que antes no las he expuesto a los rayos solares. Según lo que me dice el espejo soy un mestizo claro o algo así… ¡Qué sé yo!
Si fuera un acomplejado buscaría en mi chasis, el más mínimo rasgo de blancura, el cual sería un escalón arriba para sentirme por encima de los demás. Y, si también lo fuera del otro modo, me sentiría dos o tres escalones menos por mis pelos y mi cara de cholo. Afortunadamente no me acomplejo en ninguna de las dos formas.
Cuando era niño en
mi barrio de Breña escuché a unas niñas cholear a alguien. Más tarde y muy desconcertado le pregunté a mi viejo qué era ser cholo. No recuerdo todo el discurso, pero recuerdo lo esencial. "En el Perú, todos somos cholos, así que esas niñas no son diferentes al niño que cholean". Días después, las mismas niñas reincidieron en su despectiva actitud y les endosé en la cara que en el Perú todos somos cholos. La de mayor edad me preguntó casi con curiosidad: ¿Y tú te consideras cholo? Mi respuesta fue sí. Hasta ahora recuerdo la cara que puso. Más que cholo creo que me consideró un marciano. Para esos años, mediados de los setenta, nadie en su sano juicio afirmaba tan alegremente ser un cholo, salvo Luís Abanto Morales.El no ser ni blanco ni cholo, amarillo o negro, o tener de todo un poco, me ha causado una serie de situaciones que me llevan a reafirmar que todos somos racistas, de alguna u otra forma, y en determinados momentos de nuestras vidas. Y que los complejos son la base del problema. Por ejemplo, el frecuentar barrios marginales y alejados de la ciudad, donde por mi forma de vestir y por ser algo más claro, fui considerado un blancón, un pitucón, digno de ser despedido a patadas de su territorio. Algunos de buena manera se referían a mí como el colorao. Asumo que esto último será un intermedio entre el blanco y el cholo. ¡Beto a saber!

En algunos de esos barrios he sentido en one la marcada que te meten algunos, como diciéndote: Tú acá no te la vas a dar de pendejo por no ser como nosotros. Nunca he pensado en pasármela de pendejo por ser más claro que alguien; pero, al parecer, otros si lo asumen como una posibilidad y se ponen en guardia ¿Complejo de inferioridad? En 1990 un chinito con cara de bodeguero se pasó de pendejo y nos hizo cholitos a todos, pero nadie sospechó de él por sus ojitos.
Gratuitamente, también, he padecido el despectivo adjetivo de blanquito o pituquito, que creo viene a ser lo mismo, aunque el diminutivo los hace sinónimos de cobarde o maricón. Lo curioso es que el asolapado insulto, no era exclusivo de gente que se puede considerar cobrisa, por no decir cholos, sino también de uno que otro que tenía la epidermis más alba que la mía. Quizá su sentido de pertenencia a un lugar de cholos, los hacía daltónicos a la hora de verme frente a ellos.
Pero tambi
én, en este continuo andar que es la vida, he frecuentado zonas de blancos, donde la misma mirada de marcación se repite, pero ya desde el otro lado y matiz. ¿Y este cholo qué hace acá? E, igual que cuando piensan que me la quiero pasar de pendejo por mi color, no estoy pensando en lo cholo que soy, cuando voy a un lugar de blancos o blanquitos. Y, cosa curiosa, al igual que en las otras zonas, hay sus cholos que se sienten blancos y te ven como distinto, basta escucharlos nada más... ¿El sentido de pertenencia o el acomplejamiento?A mí, realmente, no me jode que me consideren cholo, blanco, zambo, cobriso, sacalagua, chichosam, colorao, andavete o notentiendo. No pierdo el tiempo en huevadas, porque ni yo mismo puedo definirme dentro de esas seudo categorías. Pero, tampoco voy a sentirme menos porque un cholo me dice blanquito o pituquito, ni tampoco cuando un blanquito o pituquito me insulta de cholo. Más, aún si en ambos casos el adjetivo viene con el agregado de De Mierda. Ahí sí que se me sale lo indio que tengo en mi sangre y reviento con todo. En ninguno de los dos casos me bajo como el ex condiscípulo de Alfredo Vanini, porque no me siento menos que nadie, por mi condición, color o procedencia. Nunca me he fijado en las personas por eso. Pero si alguien me insulta de cholo de mierda o blanquito de mierda, o de lo que sea, pues yo también respondo con un cholo de mierda, blanquito de mierda, negro de mierda o chino de mierda, a según.
Y pongo el ejemplo. En el año 2004 viajé con la barra de Alianza Lima a Quito Ecuador, para el partido contra LDU. Éramos treinta punteros, como decimos nosotros, de todos los pelos y colores. Pues bien nos dieron entradas para la segunda bandeja de la popular sur, precisamente donde se coloca su barra brava llamada La Muerte Blanca. Cuando ingresamos, los barristas de LDU se nos vinieron encima, pero supimos repelerlos. La policía, ¡Sólo cinco policías!, separaron la tribuna. Y comenzó la guerra de insultos. Cosa curiosa, unos diez Skinheads, o mejor dicho Boneheads*, eran los que lideraban ese sector. Ya se imaginaran los insultos: Cholos de mierda, peruanos de mierda, indios de mierda, váyanse a sus polladas, hijos de la señorita Laura (Sí, por la bruja ésa, que será tema para otro post) Ninguno de nosotros no sentimos menos por los insultos, más bien, nos sentimos orgullosamente cholos, orgullosamente indios.

No me creo más ni menos por esto. Pero, sin llegar a sentirme un etnocacerista, no voy a negar que sentía gusto, mientras le pateaba la cabeza. Porque ese blanquito racista, iba a recordar toda su vida que este cholo, este indio de mierda le había sacado la puta de su madre.
* Boneheads: Cabezas huecas. Así llaman los Skinheads antirracistas a los neonazis para diferenciarse de ellos, ya que el movimiento skin, nació sin ningún tipo de prejuicio racial.
No soy religioso, es decir, no soy de aquellos que creen. Que sienta y desee que hay un algo por encima de nosotros, no apunta a que yo crea en el dogma de la iglesia por la cual fui bautizado. Mi conciencia de Dios, de la vida, del bien y del mal, no pasa por el catecismo. 



Esquina de amor y juerga, veredas de soledad y pichanga, paredes pintarrajeadas de infancia y juventud. La amistad: Nostalgia gris de un espacio pasado.
Enseñame ventana, si ya llega el amor, si la calle es esperanza o solamente sueño. Si los amigos ya se fueron; o como la vida, si jamás volvieron.
Sobre la azotea está el cielo y abajo el mundo, y Lima cada vez es más nuestra, más nuestra que el pan de cada día.
Esperan el día cuando caeras ya de tiempo, para levantar un alma de concreto, con futuras sonrisas, amores y llantos. Viejo amigo, ya vamos de salida.
Hacia el final y en sentido contrario, la culpa es una pared de escuela, que te enseña a vivir y caminar. A morir leal.
Lluvia de verano, carnaval, olores de cemento mojado. ¿En qué momento sales a mirarte? Para verme desde afuera.
La esquina siempre queda, los pasos, los escupitajos... los adioses tempranos, las promesas inconclusas... ¿Y tú hacia dónde vas? ¿Al paradero final?
























