sábado, 21 de junio de 2008

UN ARTISTA DE LA CALLE

( Juan de los Santos Collantes, Tripita)
Una fría tarde de 1980, tres niños descubrieron por causalidad la alegría. En medio del parque del Ovalo en Breña, un payasito hacía un círculo con una tiza. Él mismo armaba su teatro, separando el escenario de la vereda-platea y de los palcos–bancas del parque. Los que se subían a los árboles eran el balconazo. Para los tres niños, y para el payasito, el cielo gris reemplazaba a la carpa multicolor de los circos de fiestas patrias, a los que les era muy difícil asistir. Unos como espectadores, el otro como payaso.

Solamente una cara pintada de rojo y blanco, los colores del Perú, más la cara de yoquihecho reemplazaban al estrafalario disfraz, a la peluca extravagante. No había zapatones de charol, solamente unos viejas botas marrones, tipo macario y con cierre al costado. El chiste, de por sí, era un cuerpo hecho migas por la desnutrición.

Buenas tardes soy el payaso Tripita y esto es el circo de la calle. Pero no era el único. Estaban dos payasitos más que se iban pintando el rostro mientras llegaba la gente. Algunos los curioseaban y se iban. Otros se quedaban sabiendo lo que ofrecían. Hey, joven, joven, este es el circo de la calle. Y poco a poco se iba haciendo el quórum necesario, para iniciar el espectáculo. Los tres niños ya estaban en primera fila, sentados en el piso. Nadie los movería de allí. Oiga, joven, ¡hey!...¡hey!... ¡heeeeeyyy!, ya va a comenzar el show, no se vaya... invite a su enamorada... ¡No sea tacaño, carajo!

El primer número, el faquir. Pero, más bien, todos nos preguntábamos si sería Tripita, que tenía el cuerpo de faquirista, en comparación a ese negro fornido que tenía pinta de haber sido estibador. Empezó tragándose cuchillos oxidados que en vez de sables eran más bien verduguillos y zapateras caneras. Luego la prueba del fuego. Un trago de ron de quemar y a soplar las varillas para ser un lanzallamas humano. Una, dos, tres veces, y el fuego se evaporaba en el cielo como hongo de bomba nuclear, ante el asombro de los tres niños: Eso lo podemos hacer, mi vieja cocina con ron de quemar, hacemos las varillas y listo, dijo uno. Los otros dos lo miraron incrédulos y pensaron: Éste está culeco o le pica el hueco.

Foto: Focus

El último y más arriesgado número, La cama de vidrio. Sacó de una mochila un pequeño costal y sobre un manto dejó caer el vidrio molido. Lo expandió de modo que copara gran parte de la tela. Luego dijo: Pa’que vean que esto no es truco. Lanzó al piso varios vidrios tomados al azar. No había duda, eran reales. Procedió, luego, a colocarlos de modo que sus filosas puntas apuntaran hacia el cielo, como los clavos de una cama de faquir. Entonces, Tripita, solicitó un voluntario: A ver, uno por favor para que el faquir culmine la peligrosa prueba de la cama de vidrio. El faquirista se negó cuando Tripita eligió a uno de los niños, por muy poco peso. Entonces, el payaso jaló a un señor obeso, como de cien kilos. No tampoco, dijo, ese tío debe pesar una tonelada. La risa fue general. ¿Entonces que carajo quieres? Él mismo invitó a una señorita, pidiéndole permiso al enamorado que desconfiado la dejó ir. El faquir, entonces, hizo unos pases torpes de relajación trascendental, flores de loto y ejercicios de respiración. Se quitó la camisa que lo vestía y dejó ver una espalda marcada por el diario trajín de su sacrificado oficio. ¡Como ven, dormir en la cama de vidrio es más cómodo que dormir en colchones Comodoy! Dijo uno de los payasitos que esperaba su turno. De verdad era una espalda encallecida de huecos, rayas, meridianos y tangentes. Un mapa en alto relieve del sufrimiento.

Se recostó sobre su cama e hizo parar a la muchacha encima de él, primero un pie y después otro. Le ordenó hacer pequeños pasos. Hasta donde estaban los niños sentados, se escuchaba el crujir de los vidrios que se acomodaban entre sí e iban penetrando la piel del faquirista. En su rostro el dolor era remplazado por una expresión de resistencia, a la miseria, a la pobreza, a la injusticia. Después de un paseo la chica se bajó y el faquirista se levantó entre aplausos, mostrando su espalda pegosteada de vidrios y con pequeños chorros de sangre. La gorrita recorrió el círculo del público y el tintineo de las monedas iba llenando la esperanza de ese hombre, de llevar algo para la comida diaria de su familia. Aunque tuviera que repetir el número dos veces más esa noche.

Inmediatamente entraron al escenario los dos payasitos que esperaban su turno. Oiga somos Waflerita y Cotito y vamos a hacer la mímica de un rockero que se ha fumado un saco de marihuana. Pusieron, en una vieja consola, el disco 45 Rpm., de la canción Venus de Shocking Blue... y con una guitarra de madera hicieron las veces de cantante y guitarrista. Jugaban con el público, haciéndole bromas, incluso dándole furtivos besos a algún despistado. Luego la ranchera Ay Chabela, el huayno del Canchis canchis, o la canción del Loco que en el programa cómico Estrafalario la caracterizaba el loco Ureta. Risas por acá y risas por allá. Y la gorrita que daba vueltas llenándose de esas monedas, por la venta de una alegría.

Y ahora sí, todos se acomodaban porque llegaba el turno de Tripita. Muchos ya lo conocían y habían preferido sacrificar otras cosas, por verlo. De arranque: Buenas noches me llamo Juan de los Santos Collantes, me conocen como el payaso Tripita y –levantándose la basta del pantalón– soy el producto de doce años de dictadura militar. Jajaja. Y los chistes pasaban por lo político, el amor, la palomillada. ¿Señorita usted que haría si su enamorado, acá al lado, le propone matrimonio... le diría que sí?. La chica pensaba algo incomoda, miraba de reojo a su enamorado quien se mostraba nervioso. No sé joven, responde la chica con una sonrisa avergonzada. ¡Claro, quién se va a casar con semejante mostro, cara de volquete aplastado! Y otra vez las risas: La otra vez un provinciano recién bajado, sale a la calle con otro que había llegado antes a la capital y se estaba acriollando, el primero le pregunta: “¿Oyi, porquisos cirros tienen vintanas?”. “Son idificios, sunsu”. “Isus árbolis tienen fucus”. “Nu, si llaman postis”. “Y por quí en la cruz de jisús dice INRI”. “Is qui antis jisús se llamaba Inrique”. De allí la parodia de los cojos: El cojo achorado, el cojo deudor –Si algo te debo con esto te pago– el cojo punteador. Hasta el sarcasmo de las vicisitudes de su trabajo: “La otra vez, estaba llena la plaza, yo había acabado de pasar mi gorrita y estaba feliz, porque todos habían colaborado, como nunca, carajo. En eso pasan los maestros del SUTEP, en huelga: Pásame la S: Eseee... Pásame la U: Uuuu... Pásame la T: Teeeee... Pásame la gorra... ¡Y juas! Se llevaron la gorra y me dejaron misio, carajo.

Todos reían y entre chiste y chiste, había una critica a un país que después de los militares se embarcaba en la democracia. Era el arte de la calle, el arte nacido de la necesidad, el arte de reír ante la adversidad, un arte que años después la televisión torcería hasta la vulgaridad más infame. Incluso los tres niños: Paúl, Christofer y Martín, iban dándose cuenta que el humor de la calle era distinto al que alguna vez disfrutaron en el colegio con el payaso Pimbolo. Sin saber, mientras reían de las ocurrencias, iban dándose cuenta que había una realidad que muchas veces escuchaban hablar a sus padres. Y que a veces esa realidad nos provocaba mucha risa. Cuando Tripita terminó su número y pasó la gorrita le dejaron algunas monedas robadas a las golosinas. No se imaginaban que años después, la realidad de los chistes sería mucho más dramática. Tampoco se imaginaban que verían a Tripita en la televisión y que Augusto Ferrando diría : Yo lo descubrí. Tampoco se imaginaban, que un día como hoy, Tripita, pasaría por última vez la gorrita con que el cáncer le cobraba la vida. Por haber hecho reír a miles en las calles, sin importarle el smog, el frío y la salud de su garganta para hacerse escuchar entre los ruidos del tráfico de esta gris ciudad.

2 comentarios:

El Eneldo dijo...

Mientras te leía, recordaba:

"...entre panes tantálicos, humana
impotencia de amor.
Yo le miro al andrajo. Y él pudiera
darnos el corazón..."

Me apena el caso de Tripita y, en general, el de todas las personas que no se quieren morir así tan fácil, pero finalmente terminan yéndose. Algunas historias merecen un final feliz.

Causita dijo...

Pucha que mi causa el tripta si era legal, una vez mas se va otro comico ambulante en condiciones que dan mucho que pensar y reflexionar, ya se unio con el negro oleoducto juntos se reiran de la vida.