miércoles, 21 de mayo de 2008

POR UN AMOR TAN ANARQUISTA


La historia de un hombre está escrita por las mujeres a las que amó (Loquillo, cantante de LosTrogloditas)


¿Qué es para ti la anarquía? Me preguntó, con esa sonrisa amplia de sus labios de chocolate. La respuesta la sabía desde hacía mucho tiempo, cuando nuestras vidas aún no se habían cruzado: Es la manera más responsable de ejercer tu libertad (Steve Ignorant, dixit, cantante de Crass). Después de pensar unos segundos y darme un beso, con el cariño inmenso de siempre, dijo: Qué buena respuesta. Abrió su bolso y me entregó un libro, Amor y anarquía de Martín Caparrós.

Ayer miraba con nostalgia ese libro, y después de leer la dedicatoria, una caligrafía rara, escrita con esa mano de dedos largos y uñas ausentes, pensé en que sin ser igual a la tragedia de Soledad Rosas y Edoardo Massari (La Sole y Baleno, acusados de terrorismo en Italia, no soportaron el peso de la injusticia y se suicidaron) lo que vivimos, ella y yo, fue un amor basado en el principio fundamental de la anarquía, el respeto por la libertad del otro.

La conocí en una fiesta a la que no quería ir. Mucho de ella me atrajo: Esa piel, que no era ni blanca ni cobriza, sino color canela, como el color de su cabello largo, casi zambo, casi lacio. O esa largura flaca como canción de Calamaro, como de Jarabe de palo. No sé. Pero, de lo que sí estoy seguro, lo que me enamoró desde un primer momento, fue esa forma de ser tan tierna, sincera, sencilla, tan no sé, que iba acompañada de una mirada de niña con sueño. Esta es, esta es, me decía, mientras hablábamos sobre Velvet Underground. A ella le gustaba con Nico, a mí no.

La vi por primera vez un 20 de julio, y se fue exactamente un 20 de julio de un año después. El mundo había dado una vuelta entera, y mi vida también. Cansado de no querer a nadie más que a mí, de ir de lado en lado, sin desear un recuerdo para el futuro, encontré en ella, lo bonito de dar todo por alguien, sin esperar nada a cambio. En medio de la violencia que rodeaba mis días, supo ser la calma, la ternura que le faltaba a las tardes y a las noches. Como esa vez, en que The Doors, marcó el ritmo de nuestros besos y caricias. A veces pienso qué hubiera pasado si no iba esa noche. La insistencia y el consejo de un amigo, me animaron (Anda a esa fiesta, quizá algo bueno encuentres).Y no me equivocó en afirmar que ha sido lo más de putamadre que me ha pasado.

Nos encontrábamos en un malecón, que sin saberlo llegó a ser nuestro; malecón que fue, además, testigo de muchos besos atrevidos. La esperaba, también, en una esquina de tantas y a pesar del ruido y la gente, podía distinguirla, cuando bajaba de la combi, con esa sonrisa de dibujito animado, de pequeña Lulu hecha mujer. Un beso y Lima pasaba de ser un purgatorio a ser un paraíso de asfalto.

Algo tenía en su ser, que mis actos siempre fueron más pensando en ella, que en mí persona. Cuando caminábamos, cuando nos besábamos, cuando hablábamos, cuando nos amábamos. Nunca hubo imposiciones, siempre llegábamos a un consenso tácito, natural, espontáneo. Nunca hubo acuerdo, en ese sentido. Lo sentíamos de esa forma y, simplemente, lo poníamos en práctica. ¡Y vaya que disfrutamos cada momento juntos!

Por algunos reproches pasados, ajenos a los dos, ella me preguntaba si le jodía alguna actitud suya, una concretamente. Yo, recién me daba cuenta que ni lo había pensado, porque, simplemente, no tenía por qué joderme, la aceptaba con todo. Y no solamente era yo, el de los detalles. Ella también se portó muy bien. A veces me quedaba mirando, con esa mirada especial de cuando hay cariño y me decía: “Es tan bonito todo esto, que no puedo creer que sea cierto”.

Éramos recíprocos, sin sentirnos comprometidos u obligados, la sonrisa de uno era la sonrisa del otro. Y lo qué es más, la libertad de uno era la libertad del otro. Cuando necesitábamos nuestros espacios, cada uno seguía su camino, sabiendo que el no estar cerca, el no estar presentes, no rompía ese lazo de respeto mutuo y fidelidad, que no era una obligación, sino una afirmación de ese compromiso que habíamos elegido libremente.

Por eso, cuando las circunstancias la alejaron de mí, cuando vio la necesidad de buscar su destino en otros lugares, junto a otra gente, haciendo lo que le gustaba hacer en la vida, o pasando la vida entera como estudiante en el día de la primavera, fui el primero en decirle que partiera. “No sé si estoy haciendo bien”, me dijo. “Haces bien”, le respondí. Si iba a ser feliz, yo deseaba que lo fuera, así no sea a mi lado.

Ahora pienso en ella, porque desde que se fue, todo fue distinto, y hay momentos en que la libertad llega a hartar y la soledad se cuela como garúa fría por entre la ropa. Las decepciones y el vacío hacen que uno añore el paraíso perdido. Por eso los recuerdos afloran, cuando me encuentro con la esquina de las esperas, con el malecón de los besos atrevidos, con los escondites secretos, que solamente ambos conocemos. Con la playa del norte que visitamos en invierno, donde bailamos nuestro único baile, Please Please Please Let Me Get What I Want, de The Smiths . Una canción que reflejaba mi momento con ella. Siento aún su ternura, su sensibilidad para con los niños, para con los animales (Sobretodo con los perros a quienes llamaba amiguitos) y para con el Perú, que la llevaron a trabajar gratis, haciendo labor social, en Puno. Me río cuando recuerdo su humor tan especial, y aún siento admiración por su gran talento para la fotografía, su gran pasión.

Pensaran que escribo de la chica perfecta… No era perfecta. Tenía sus arranques, sus bajones y sus múltiples manías… pero yo la quería así… ¿La quería? No, aún la quiero, aún está presente ese latido acelerado, ese deseo por tocarla, por besarla, por verla otra vez, por decirle las cosas que le decía. Sé que está lejos, sé que otras sonrisas la hacen reír, que otras calles la ven caminar, que otras miradas la hacen sonrojar, que otras voces la hacen hablar, que otras pieles la hacen acariciar.

No sé, pero creo que muy pocas veces se lo dije, pero aún la amo. Es que no necesitaba decírcelo, porque para muchos es fácil decirlo, la cosa es demostrarlo; y yo, creo, se lo demostré cada día que compartimos. Estaba dispuesto a todo eso y más. Mientras duró, y ahora también que aún espero, como dice la canción: De volver a empezar, mejor que antes, quiero darte cada uno de mis instantes.

Quizá, como la casualidad que nos unió, algún día la casualidad nos vuelva a encontrar. Por lo pronto la recuerdo, como hoy día, el mismo día de hace un año cuando me regaló este libro y escribió en una de sus páginas: Por un amor tan anarquista.


A Rocío Farfán.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Martín, me ha entristecido el relato tan vívido que haces. Me ha entristecido y me ha recordado a alguien.

Que seas feliz
aunque no sea a mi lado
aunque no sea a mi lado
quiero que seas feliz

En tu novela, Adrián R. es uno de los personajes más románticos en la literatura peruana. Ser romántico es, entre otras cosas, creer en lo imposible.

Un abrazo por ese AMOR TAN ANARQUISTA que varios de nosotros alguna vez tuvimos y que hoy recordamos con cariño.

Rafael Inocente

PD: Veo que hasta aquí llegó la guerrita de los anónimos, es cierto lo que dicen, cuando el río suena, piedras trae.

Anónimo dijo...

un poco monse la historia,tu rollo

Anónimo dijo...

Mejor no lo leía porque me siento bien incapaz de servir de algo ante tan apabullante relato. Igual sigue pendiente la oferta de dar lo mejor que se tiene y sé que te mencione un porcentaje muy bajo pero erré el cálculo, esto sí que crece como el PBI y la economía nacional.Podrás volver a escribir otra historia como esta? no como esta pero sí con la misma vehemencia?

Anónimo dijo...

Martín,
siento la bilis con la ke escribiste!
Ke conchesumare ese pata.

Cagó el filin.
Ji
pd: a casi un año de escrito el post.

♀ Trucha dijo...

Sinceramente, Martín
este es uno de tus mejores post, sin lugar a dudas.

Gracias.